
Decíamos ayer que el emperador Marco Aurelio anunció un buen día que, a partir de aquel momento y para siempre, dejaba de tener cualquier tipo de opinión sobre lo que fuera. Qué descansado tuvo que quedarse, qué envidia daba su sabia decisión, todo eso lo dijimos ayer. Hoy decimos además (porque acabamos de pensar en ello) que es una experiencia al alcance de cualquiera de nosotros. No es más que un sencillo gesto de ruptura, de desprecio. Se trata, no más, de una sola frase que le diga “adiós a todo eso”, dé la espalda a la inmensa zona innoble de nuestras redes, al envenenado bufido que pone a diario de manifiesto cómo es la vida pública de una buena (mala) parte de nuestro país: una constante y obscena exhibición de intolerancia, exasperación y analfabetismo trabajado a fondo.






