
Las deudas de los hogares dejaron de ser un asunto privado para convertirse en un problema político. La mora es apenas el síntoma visible. Detrás del crecimiento del endeudamiento se consolida un nuevo régimen de desigualdad que condiciona las expectativas, redefine el malestar social y desafía las respuestas de la política.
El aumento de la mora ya instaló su propia agenda. Ocupa la atención pública y asoma como preocupación legislativa: proyectos de refinanciación, límites a las tasas, alivios transitorios para deudores. La pregunta que me interesa hacer no es cuánta mora hay hoy, sino cómo mirar ese dato en el largo plazo: qué categorías movilizamos para leerlo, qué transformaciones profundas viene a expresar, y qué futuro —o qué ausencia de futuro— nos está planteando. Si se lo mira solo como un problema de coyuntura financiera, la respuesta se agota en tasas y en el estiramiento de calendarios de pago. Si se lo mira como lo que en realidad es —el punto visible de una transformación social que lleva casi una década gestándose y que compromete el vínculo mismo entre los hogares y la democracia— la pregunta cambia de escala, y con ella las respuestas posibles. Las cinco tesis que siguen intentan ordenar esa mirada de largo plazo.
Cuando empecé a escribir Una historia de cómo nos endeudamos (Siglo XXI Editores) partí de una convicción que no siempre resulta evidente: las deudas de los hogares –esas que no aparecen en los titulares sobre el FMI ni en las rondas de negociación con acreedores externos– son un territorio donde se juega, silenciosamente, el vínculo entre la sociedad y la política. El objetivo del libro fue leer, a través del endeudamiento de los hogares, el encuentro y el desencuentro entre las expectativas que la democracia argentina generó desde 1983 y los fracasos y desilusiones que esas mismas expectativas terminaron produciendo. La deuda no es, en este sentido, un dato residual de la economía doméstica: es un eslabón que conecta la vida cotidiana de las familias con el proyecto colectivo de la democracia. Por eso sostengo que no se puede escribir una historia de la democracia argentina sin escribir, en paralelo, una historia de sus deudas domésticas. Ambas historias corren juntas, se explican mutuamente, y allí donde la política falla en sostener sus promesas, la deuda aparece para llenar ese vacío, aunque sea de manera precaria y a un costo altísimo para quienes la cargan. Con esta lectura de largo plazo sobre el rol de las deudas como anudamiento entre la sociedad y la política —y no como un capítulo aislado de la coyuntura económica— es que leo el presente: cómo llegamos hasta acá y por qué caminos podríamos salir.






