
Cuando los términos “psi” se usan como etiquetas sociales, dejan de cuidar y empiezan a injuriar: convierten modos de ser en clasificaciones apresuradas que dañan más de lo que explican.
Todavía tiene vigencia la discusión sobre el perfil de la personalidad narcisista. Una de las dificultades más corrientes es hacer de esta categoría una serie de rasgos descriptivos que, de manera imprudente, se aplican sin una evaluación precisa.
Así es que cada quien dice que alguien, el otro, es narcisista por un patrón de conducta que le resulta displacentero. Seamos claros a este respecto: nadie puede diagnosticar a nadie sin ser profesional y haberlo entrevistado o tenido en tratamiento durante un tiempo.
Aprendamos a ser sensatos. ¿Qué pasaría si anduviésemos repartiendo el diagnóstico de psicosis? ¿No es lo que hacemos cuando decimos del hijo de alguien que, para nosotros, tiene TDA, solo por lo que nos cuentan sin haberlo visto jamás o en unas pocas ocasiones?
Sería bueno adoptar una actitud de cuidado. ¿No nos damos cuenta de que, por esta vía, los diagnósticos se vuelven clasificaciones de modos de ser que, al final, injurian? ¿No es un buen momento para dejar de usar términos “psi” para hablar de los demás?
En particular, prefiero que se diga de alguien que es un hijo de puta o una mala persona, antes de que se diga que es un psicópata o un narcisista. Creo que no somos conscientes de lo que se gesta alrededor de la psicopatologización de los vínculos, pero este no es el tema que quiero desarrollar en esta nota.
Aquí me interesa mucho más volver a escribir sobre los fundamentos psicoanalíticos de la noción de narcisismo. Para Sigmund Freud, nombra el modo de situar un conjunto de problemas que no giran en torno al conflicto psíquico y, por lo tanto, que quedan al margen de la relación entre el síntoma y el deseo.
Para Freud, las cuestiones del narcisismo se desenvuelven alrededor de la pregunta por la identidad, en el sentido del sentimiento de sí, la autoestima y la continuidad de la vida; por eso en su texto clásico sobre el tema (“Introducción del narcisismo”) ocupa un lugar fuerte la noción de ideal del Yo –como instancia psíquica que regula la mirada sobre uno mismo.
En el psicoanálisis posterior, la primera elaboración sistemática estuvo en los planteos de Heinz Kohut y su teoría del Self (sí mismo). Kohut propuso un desplazamiento desde los casos clásicos de neurosis hacia los trastornos narcisistas de la personalidad, en los que había una mayor prevalencia de la vergüenza (otra vez la relación con la mirada) por sobre la culpa neurótica. El planteo de Kohut podría resumirse en la letra de la canción de Daniel Melero que dice: “Necesito que me ames para poder verme”.
Para este autor, el origen del trastorno narcisista era un déficit temprano en la crianza, por parte de otro que no había logrado responder con empatía a las necesidades del bebé. Es en la década del 80 que este punto de vista es cuestionado para hacer del narcisismo un nuevo tipo de patología.
Este cambio de punto de vista se debe a Otto Kernberg, para quien ya no se trata de un trastorno narcisista de la personalidad, sino de un trastorno de personalidad narcisista. De ahí a los manuales diagnósticos hubo un solo paso y, además un prejuicio de género: ellos son los narcisistas y ellas las borderline. Todavía nadie cuestionó demasiado esta hipoteca.
Entre las críticas de Kernberg a Kohut no solo está la cuestión de la patologización, sino también el énfasis en la agresividad. Si Kohut destacó que los narcisistas se apoyaban en “escenas” desde las que se veían a sí mismos como espectadores, Kernberg acuñó la “furia” narcisista como respuesta a la vacilación. Esta furia hoy causa furor.
“Si las cosas no son como él, se enoja”, suele decirse. “Es un divino, pero sin capacidad de autocrítica”, se agrega. “Nunca la culpa cae de su lado, si pasa algo siempre es porque el otro hizo tal o cual cosa”; “Tiene una respuesta para todo”, “Siempre sale bien parado”, “Se deja de hablar cuando él quiere”, “Buscar tener la última palabra”, todas estas son frases típicas de tratamientos de pareja con pacientes narcisistas.
Las sitúo para destacar que a veces los narcisistas llegan a tratamientos y eventualmente toman una posición analizante respecto de su sufrimiento. Es cierto que, en mi experiencia, fue más común que estos casos llegaran a partir de la psicoterapia de pareja que por la vía de tratamientos espontáneos, salvo en casos de aparente derrumbe depresivo.
Es más fácil decir que los narcisistas no aman, que reconocer que aman de un modo que tiene ciertas dificultades (como muchos otros modos de amar); es más sencillo decir que no consultan, en lugar de reconocer la forma en que lo hacen; es más común decir que son malos o que son enfermos sin recuperación, en lugar de pensar maneras de tratamiento –que es lo que el psicoanálisis hace desde más de medio siglo.
Como la vivencia de vacío ocupa un lugar destacado en la subjetividad narcisista, en los tratamientos es habitual corroborar cierta frialdad. Esto es algo que André Green destacó de un modo muy preciso, cuando propuso que el problema central de estos pacientes es el riesgo de la desinvestidura ante la afrenta.
Esto es lo que también muchas personas dicen cuando, ante un conflicto, dicen que el otro hace “ley de hielo”. Se interpreta como forma de castigo o represalia, pero es más bien el modo en que en el narcisismo retira la libido del objeto cuando se pone en crisis la imagen del Yo.
Los casos difíciles siempre ponen en marcha la inventiva de formas de tratamientos que se hagan eco del dolor subjetivo. Son los casos en que, más que la relación con el deseo, está en juego la delgada línea entre la vida y la muerte.






