
En 2003, en una oscura lista de correo, un grupo de profetas del apocalipsis tecnológico se mandaba mensajes sobre cuánto les importaba “si la humanidad desaparecía”. Uno consideró que prefería estar con criaturas más listas y creativas, aunque no fueran humanos. Otro respondió que le parecería bien si no fuera porque esas máquinas no tendrían ninguna cualidad humana: “Serían solo pura inteligencia computacional dedicada a fabricar una cantidad infinita de clips”.






