
Karin Hindsbo (Gentofte, Dinamarca, 52 años) recibe en su pequeño despacho de la Tate Modern, dentro de la famosa central eléctrica de ladrillo situada a orillas del Támesis que, hace algo más de 25 años, se convirtió en uno de los grandes museos de arte del mundo. Sobria y seria, se sienta ante una hoja llena de apuntes y responde midiendo cada palabra. Solo se sale del guion al recordar su pasado grunge, a propósito de una exposición sobre los noventa que el museo inaugurará en otoño.





