
Saca una manzana del bolsillo de la chaqueta, la frota contra la manga hasta sacarle brillo y se la ofrece al hijo del cantaor Enrique Morente. “Toma, Kiki. Cógela. Tu padre me dio una igual hace años”, le dice Antonio Arias antes de entrar a un ensayo en el que se escenificará el relevo generacional. Tocado con su habitual sombrero y tras unas gafas de sol oscuras, el bajista y cantante del grupo de rock Lagartija Nick apenas ha irrumpido en el estudio cuando un puñado de flamencos lo recibe al grito de “maestro”. Preparan una gira para conmemorar Omega, el álbum que hace tres décadas reventó las costuras de la música popular española desde Granada. Fundió la distorsión eléctrica de Lagartija Nick con los arrebatos de Morente, fallecido en 2010; las letras de Leonard Cohen con los versos de Federico García Lorca. El artefacto enfureció a la afición del cante jondo y heló a muchos roqueros. Solo el paso de los años lo ha elevado a la categoría de mito trascendental.







