
Cuando Terence Tao tenía siete años empezó a ir a la escuela secundaria a cursar matemáticas y otras materias. “Recuerdo que me pusieron un cojín especial en la silla porque no llegaba al escritorio”, le cuenta a BBC Mundo desde Los Ángeles, donde enseñó e investigado por más de 25 años.
Tao nació en Australia en 1975. Sus padres, Billy y Grace, habían llegado a ese país procedentes de Hong Kong. Cuando comenzó a tomar clases en la escuela secundaria de su país natal, era tan pequeño que los maestros designaron a un estudiante para que caminara con él hasta los salones donde tenía las clases, en caso de que se pudiera “perder”. “Me veía diferente al resto porque era 5 años menor, pero después de un par de semanas ya no importaba tanto porque todos teníamos dificultades con las mismas tareas, todos estábamos prácticamente en el mismo nivel”.

Este niño prodigio se convirtió en uno de los matemáticos más destacados en la historia de esta disciplina. “Tao, apodado ‘el Mozart de las matemáticas’ y ampliamente considerado como el mejor matemático vivo del mundo, transformó extensas áreas de las matemáticas”, señala la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), donde trabaja.
En 2006, cuando ganó la Medalla Fields, considerada el Premio Nobel de las Matemáticas, se destacó su habilidad “suprema” para resolver problemas y el impacto “espectacular” de su trabajo en varias áreas. “Combina un poder técnico puro, una ingeniosidad de otro mundo para encontrar nuevas ideas y un punto de vista sorprendentemente natural que deja a otros matemáticos preguntándose: ‘¿Por qué nadie vio eso antes?’”.
Tao cuenta que, desde que tiene memoria, siempre le gustaron los números y los juegos relacionados con ellos. “Uno de los primeros recuerdos que conservo es cuando tenía tres o cuatro años: mi abuela iba a nuestra casa a limpiar las ventanas y yo le pedía que hiciera los números con el jabón sobre los vidrios. Le decía: ‘poné el 3 ahí y el 7 allá’”.
“Recuerdo que, en las noches, si estaba muy inquieto, mis padres me daban libros con ejercicios de matemáticas y me ponía a hacer sumas, operaciones. Me encantaba hacer la tarea de aritmética. Creo que era uno de los pocos niños que realmente lo disfrutaba”.
Pero su amor por los números empezó antes. Por sus padres sabe que cuando tenía dos años les enseñaba a otros niños mayores a contar, sumar y deletrear. Después se dio cuenta de que las matemáticas eran mucho más que una especie de juego o hacer cálculos velozmente; descubrió que “se podían usar para entender el mundo y que tenían aplicaciones prácticas”.

Su excepcional talento llevó a que, a los siete años, su familia y sus profesores decidieran adelantarlo para cursar matemáticas y otras materias relacionadas con ciencias en una escuela secundaria. “Todavía iba a primaria para estudiar asignaturas como inglés y educación física”, recuerda. “Mi madre me buscaba, me llevaba a la secundaria y después me volvía a traer a la escuela”.
“Por muchos años se pasó la vida conduciendo”, dice con una sonrisa. Y es que además de él, sus padres tuvieron otros dos hijos que también iban a planteles educativos diferentes. Cuenta que cuando regresaba de la escuela, tocaba la puerta de su vecino, que tenía la misma edad, para salir a jugar. “Nos íbamos a montar bicicleta”.
De esos años, Tao tiene recuerdos felices, excepto uno: cuando hubo un baile de final de año en la secundaria. “Era todavía muy niño para ir y me entristeció que todo el mundo asistiría menos yo”.
Cuando era niño le gustaba mucho la física porque se dio cuenta de que esa disciplina toma aspectos del mundo y los transforma en ecuaciones que se pueden resolver. “Otras materias me costaron, como biología y química, porque sentía que no podía solucionar las cuestiones a partir de los principios básicos, sino que a menudo tenía que memorizar muchos datos”.
“Inglés fue mi peor materia”, asegura. “De niño, me costó comprender la intención que había en una pregunta, tomaba las cosas de manera muy literal. Por ejemplo, en una evaluación me pidieron escribir sobre mi casa y no supe qué querían decir, así que solo hice una lista de todos los cuartos que había en mi casa y todos los muebles que había en cada uno de ellos”.
Las matemáticas siempre fueron su materia favorita. A los nueve años, ya estaba sumergido en problemas complejos. De hecho, a esa edad, su padre lo llevó al Instituto de Estudios Avanzados (IAF, por sus siglas en inglés) en Princeton, Estados Unidos, donde se reunieron con dos destacados matemáticos, Enrico Bombieri y Charles Fefferman (ambos ganadores de la Medalla Fields).
Su papá les hizo una pregunta: “¿Este niño tiene un talento real?”. Así que para valorar su creatividad, los matemáticos le plantearon a Tao algunos problemas. Su desempeño llevó a Feferman a decir: “Si hubiese dicho que no, eso habría entrado en una lista muy corta de los errores más tontos que he cometido en mi vida”.
Esa historia la contó, en febrero, Rodney D. Priestley, decano de la escuela de posgrado de la Universidad de Princeton, cuando distinguió a Tao con la Medalla James Madison que otorga esa institución. “Su brillantez técnica, su creatividad excepcional, su curiosidad de amplio espectro y su espíritu de colaboración condujeron a múltiples descubrimientos revolucionarios”, señaló el profesor. “Su trabajo también mejoró vidas de una manera tangible”, indicó, en relación al desarrollo de algoritmos que han ayudado al avance de las resonancias magnéticas.
A los 14 años, Tao comenzó a estudiar a tiempo completo en la Universidad de Flinders, en Adelaida. “Sigue siendo uno de los estudiantes más jóvenes en haberse matriculado en Flinders, graduándose con un máster a los 16 años”, dice esa institución. Un año después viajó nuevamente a Estados Unidos para empezar su doctorado en la Universidad de Princeton. “Era mi primera vez viviendo lejos de casa”, cuenta.
Aunque Tao, que con 13 años ganó las Olimpiadas Matemáticas, había viajado un par de veces para participar en competencias, no había estado lejos de su familia por más de una semana. Su padre viajó con él para ayudarlo a instalarse en Princeton y se quedó una semana. “Me enseñó lo básico, lavar la ropa -algo que siempre hacía mi mamá-; abrir una cuenta bancaria, hacer las compras”.

Como él, había otros estudiantes de matemáticas y física que se enfrentaban a la primera experiencia de estar lejos de casa. De ese periodo, evoca muchos momentos gratos con sus nuevos amigos, yendo al cine, jugando videojuegos. Terminó el doctorado con 21 años y se fue a la UCLA, donde fue profesor asistente. Tres años después, lo promovieron a profesor titular.
“Tenía aproximadamente la misma edad que mis estudiantes. Creo que se sorprendieron un poco cuando me vieron acercarme al pizarrón”. De hecho, Tao se convirtió en el profesor catedrático más joven de la UCLA.
Daniel Peralta, quien es investigador del Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España, conoce a Tao. Lo considera “una persona de una humildad enorme, para nada es un rock star”.
“Uno puede pensar que alguien que tiene tanto en la cabeza, que aportó tanto, que es tan importante, que ganó todos los premios, no va a escuchar a nadie, pero todo lo contrario, escucha mucho”.

Tao trabajó en áreas de las matemáticas que aparentemente pueden ser muy distintas, desde la teoría de números hasta las ecuaciones diferenciales, el análisis armónico y, recientemente, problemas relacionados con la computación.
“Yo diría que es un Mozart de las matemáticas en el sentido de la precocidad, pero también es un Leonardo da Vinci”, indica Peralta. “Aporta una visión enorme y una amplitud de conocimiento y de genialidad a todas las áreas de las matemáticas que tocó, que son muchas”.
“Es una excepción tener a una figura como él dentro de las matemáticas modernas. Es prácticamente imposible, muy raro, que alguien sea capaz de abarcar tantísimas áreas. No se me ocurre otro matemático en los últimos 50 años que haya llegado tan alto como él”, concluye Peralta. Además, destaca los libros de texto que Tao publicó, a los que califica de “extraordinarios”: “Es una maravilla lo que aprendes, sintetizan de una manera brillante el tema que toca”.
La idea del genio matemático que trabaja solo y resuelve problemas muy complejos por su cuenta pareciera ser algo del pasado. Tao no solo lo demuestra con la forma en que trabaja, sino que es un aspecto que le gusta resaltar.
“Quizás hace unos 100 años era una actividad más individual, pero el campo ha madurado mucho”, dice. “Ahora, por ejemplo, hay muchas publicaciones sobre matemáticas. Es tan extenso el campo que no hay una persona, no importa cuán inteligente sea, que sepa todas las técnicas, todo lo que se ha hecho”.

“Cuando era joven, participé en competencias de matemáticas en las que te daban unos problemas, te dejaban en un cuarto por tres horas, no podías ver libros o apuntes, nada, y tenías que resolverlos por ti mismo. Pensé que de eso se trataban las matemáticas. Pero ahora, cuando quieres resolver un problema matemático, con frecuencia, 90% de las veces, se trata de entender lo que otras personas han hecho y usar esas técnicas”. Y muchas veces, señala, es necesario trabajar con alguien que conozca esas técnicas.
La colaboración es fundamental en cualquier campo de las matemáticas y no solo con “personas del presente”, afirma. “Cuando colaborás, cuando usás un resultado en la literatura matemática, es como si estuvieras con, por ejemplo, Newton o Gauss o con alguien que vivió hace décadas”.
Y la colaboración no solo es entre matemáticos sino entre investigadores de otras disciplinas. “Los problemas en los que trabajamos ahora son tan complejos e interdisciplinarios que básicamente nadie puede hacerlo todo”.
En sus conferencias públicas, Tao trata de mostrar cómo las matemáticas están escondidas en muchos de los dispositivos y servicios que usamos cada día. Por ejemplo, explica, cuando la primera generación de celulares apareció, había un problema de interferencia cuando muchas personas, en un mismo lugar, hacían llamadas al mismo tiempo. Pero se solucionó gracias a procedimientos matemáticos.

Destaca que muchos de los grandes avances científicos y tecnológicos comenzaron con investigación básica financiada con fondos públicos. Después, ese conocimiento se compartió en publicaciones para que todo el mundo lo pudiera usar libremente, creando un amplio sistema de cooperación. “No es solo gente en tu compañía o en tu país, las mejores ideas vienen de todo el mundo”.
En un ensayo, publicado en el sitio Home of the Brave, que escribió en 2025, habló del Estados Unidos que escogió como su “hogar adoptivo”: Un lugar donde “la ciencia se valora como un bien público, y donde investigadores de todo el mundo vienen a aportar sus ideas y energía”. Le dice a BBC Mundo que “con frecuencia las universidades consiguen grandes logros porque hay muchas personas con diferentes intereses, en el mismo lugar, que hablan entre sí y establecen conexiones que no habrían visto antes”.
Por eso, Tao advierte sobre los riesgos de que ese ecosistema, el mismo que moldeó su vida profesional, se vaya apagando por recortes a la financiación de proyectos de investigación e instituciones académicas y obstáculos migratorios para estudiantes internacionales. “Eso dañará, reducirá oportunidades en el futuro, muchos descubrimientos podrían no ocurrir porque la gente que necesitamos que se reúna y dialogue no llegará a conocerse o, quizás, sí se darán, pero fuera de Estados Unidos”.
*Por Margarita Rodríguez






