La historia repetida

elDiarioAREl Diario Ar31/07/202616 Views

La historia se repite, quizá porque es lo único que vuelve con una capacidad de acierto implacable. Pero conocerla permite reconocer sus señales, desmontar sus disfraces y no recibirla como si fuera enteramente nueva.

Mis abuelos eran vecinos. Así se conocieron mis padres y así fue durante toda su vida. Eran de esas personas que, una vez que tienen hijos, viven en el mismo lugar para siempre. Hoy diríamos que tuvieron la suerte de tener una casa grande, incluso después de que sus hijos se hubiesen ido.

Ambos departamentos tenían la entrada principal independiente, en edificios distintos, pero estaban conectados por la puerta de servicio –que era la que ambos más usaban. Visitar a uno era visitar al otro primero y viceversa. Entre ellos no se visitaban, aunque fuesen vecinos.

Además de motivos personales y de temperamento, una diferencia que seguramente no habilitaba la relación fluida entre mis abuelos es que uno era peronista y el otro más bien anti-peronista. Paradójicamente, mi abuelo anti-peronista fue uno de los tres jueces que en, 2022, en la Cámara Federal de la Seguridad Social votó la inconstitucionalidad del recorte del 13% en los haberes jubilatorios.

Digo que se trata de una paradoja, porque mi abuelo anti-peronista había votado (como ciudadano) al Gobierno que implementó previamente esa medida –en julio de 2001 bajo la idea de una Ley de Déficit Cero. En ese entonces yo tenía 20 años y tengo el recuerdo del fastidio de mi abuelo, que dedicó su vida profesional al derecho previsional, por una ley que castigaba a los jubilados.

En algún momento me interesé por los dictámenes de mi abuelo. Recuerdo otro en que, contra la ANSES, firmó la restitución de la pensión para un hombre cuyos padres habían muerto y los abogados estatales buscaban suspender el pago porque –entiendo– el hombre tenía otro trabajo (aunque era ciego). Ahí se dice que los argumentos de los abogados son “lisa y llanamente pura retórica” y que “no se compadece con los altos principios de la abogacía y menos aún, cuando quien lo realiza lo hace en nombre del Estado”.

Mi abuelo era muy anti-peronista, pero creía en el Estado. Y, además, creo que veía con responsabilidad su trabajo. Yo no lo idolatraba, pero sí me gustaba que fuese un hombre que no les temía a sus contradicciones –no por haber votado un Gobierno va a estar a favor de todo lo que ese Gobierno proponga– y que, además, estuviera en contra de la “pura retórica”. Quizá fue un hombre que un abuelo. Hoy mi hijo menor lleva su nombre.

Todo este prolegómeno es para recordar una época, en ese pasaje del 2001 al 2002. Un período que en Argentina fue tremendo. El viernes pasado fui a ver Diciembre, de Lucas Gallo. Se trata de un documental que reconstruye la crisis económico-política y la rebelión popular a partir de un cuidadoso material de archivo.

El documental empieza con Carlos Menem y termina con Eduardo Duhalde. En el medio, Domingo Cavallo vuelve una y otra vez. También Menem regresa en diferentes ocasiones a la casa Rosada. El presidente Fernando de La Rúa evita hacer declaraciones y, luego, la imagen del helicóptero. Los saqueos. Carlos Ruckauf con palabras medidas. Adolfo Rodríguez Saá con una sonrisa implacable hasta que se le transmuta el gesto. Los días que vivimos en peligro, podríamos decir –con el título de una célebre antología.

Según un mito popular, el 20 de diciembre de 2001 Cavallo huyó de su domicilio en medio de una protesta. ¿Cómo lo hizo? Dado que muchos manifestantes usaban máscaras con su rostro, él también se puso una. La máscara sirvió para velar el rostro real, pero si la confusión es posible, ¿hay rostro más real que la máscara?

Este sería un argumento digno de Slavoj Žižek y sus típicas inversiones dialécticas. Lo que me parece relevante es cómo en esos años todo era una mascarada. Y había mucho temor a levantar el velo porque detrás podía no haber nada. Si quitábamos la máscara y aparecía el rostro de Cavallo, ¿qué hubiera impedido querer levantar también ese velo?

Lo real es lo que hace de tope y, entonces, no había otro tope que el develamiento que tendía al infinito. Cambiaba el presidente a los pocos días, luego otro. Quien asumía decía “A mí no me pidan nada que yo voy a estar solo un ratito”. Quizás esos fueron los días en que se perdió el asidero de lo real. La moneda dejó de valer, ya no hubo confianza en ninguna de las instituciones, el prójimo era un vecino hasta que se volvía un enemigo.

Una de las imágenes que más me impactó del documental es la secuencia que muestra cómo los manifestantes entran al Congreso y, de adentro, sacan paneles y escritorios para que se quemen en una especie de hoguera sacrificial. Finalmente, sacan un sillón, pero para ese entonces ya no queda claro por qué se quema lo que se quema. Es un sacrificio sin ritual, solo queda el fuego y un grupo de encapuchados que gritan “Que se vayan todos”.

Otro gran hallazgo del documental es recuperar las canciones de esa época. Este es un país en el que se canta lindo, incluso en la desgracia. Lo sabemos, en estos días, después del mundial de fútbol. En esos años, también se cantaba: “A dónde está que no se ve esa famosa CGT”. Por momentos, las cosas no han cambiado mucho.

Salí del cine después de la medianoche del viernes, con un gran dolor interno (Dolor país, decía Silvia Bleichmar) y, entonces, me dispuse a escribir estas líneas para conjurarlo y recomendar este documental. Sobre todo, sería fantástico que quienes en esos años teníamos 20 y hoy estamos entre los 40 y los 50 llevemos a nuestros hijos o sobrinos adolescentes para contarles el contexto, no desde los manuales sino desde nuestra memoria vital.

No para que la historia no se repita, sino porque la historia es lo único que se repite con una capacidad de acierto implacable.

LL/MF

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