La muerte del azar

elDiarioAREl Diario Ar07/06/202616 Views

Quince años después de Medianeras, la película funciona como una cápsula de un mundo que todavía dejaba espacio para los encuentros fortuitos. Qué perdimos cuando internet dejó de ser un territorio anónimo y la vida empezó a estar atravesada por la información permanente.

“Pero claro, ¿no viste la película?”, le pregunto a un amigo cuando, en una conversación sobre el edificio que están construyendo al lado de mi PH, noto que no sabe que es ilegal construir ventanas en medianera. Mucha gente no vio Medianeras: los que piensan que antes de la pandemia era fácil conocer gente, o que internet fue siempre esta nafta de la angustia que es hoy, y no un bálsamo para la soledad en el mejor de los sentidos, de acompañarla o enmendarla según correspondiera.

Yo vi Medianeras en el cine hace quince años, y la volví a ver hace unos días en HBO. Para quienes nunca oyeron hablar de ella, es una especie de Tienes un e-mail porteña; naturalmente salió más de diez años después que la película de Nora Ephron con Meg Ryan y Tom Hanks, porque las personas normales que protagonizan Medianeras no hubieran conocido a nadie por internet en 1998 en Buenos Aires. Lo gracioso, o lo interesante, es que Medianeras tiene otra similitud con Tienes un e-mail: ambas ponen a la ciudad, su funcionamiento y sus transformaciones, en el centro del romance.



En Tienes un e-mail, el crecimiento económico de Nueva York era uno de los motores de la trama. Kathleen Kelly, el personaje de Meg Ryan, tiene una pequeña librería para niños cuando una cadena inspirada en Barnes & Noble decide instalarle enfrente un local que la va a fundir. El personaje de Hanks, Joe Fox, es el dueño de la cadena, y los dos empiezan una relación por internet sin saber quién es quién. En Medianeras, el tema de la ciudad está todavía más al frente: ya desde el título, por supuesto, pero también desde el principio de la película. Los personajes de Martín (Javier Drolas) y Mariana (Pilar López de Ayala) reflexionan en off, en monólogos casi teatrales, sobre la vida en Buenos Aires y los pequeños departamentos oscuros que habitan. Las historias de amor, desamor, sexo y falta de sexo que van atravesando están profundamente marcadas por la geografía: lugares provisorios, un poco anodinos, marcados por una precariedad que no llega a ser pobreza pero da pena igual. La sensación es que esos lugares son el espejo de sus vidas: son espacios de mientras tanto, que a los veintipico son una suerte de promesa de que alguna vez llegará algo mejor y a los treinta y pico ya parecen una condena a una existencia en borrador, un boceto mal hecho, una joda que era joda y quedó. Así son también los trabajos de estos personajes; sus días, sus rutinas e incluso sus relaciones. En ese sentido, Medianeras es bastante distinta de Tienes un e-mail. Algo en la oscuridad del lugar del que parten los personajes, aunque después lleguen al final feliz, delata los trece años que separan a ambas películas. Medianeras todavía tiene alguna esperanza en el mundo, pero ya va quedando menos que en los tardíos 90: menos fe en la economía, menos ilusión en las relaciones, menos confianza en que la adultez nos deparará algo mejor, o al menos algo distinto.

Pero algo quedaba, y por eso creo que Medianeras es la última comedia romántica verosímil. Lo que me hizo pensar este regreso a la película es que el género romcom está mucho más atado de lo que una podría suponer a una cierta experiencia del espacio público. Estas últimas romcoms, las que empiezan a hacer aparecer a internet, siempre terminan o empiezan en un encuentro fortuito en la vida real. Pienso en los intentos posteriores que vi de incursiones en el género y veo que tienden a obviar casi por completo a internet: nadie quiere ver la historia de una pareja que se conoce por Instagram. Hacen una suerte de vuelta atrás: la gente se conoce en recitales, en casamientos, como si fueran los 80. En el internet de las redes sociales donde todos tenemos nombre y apellido para forzar lo fortuito hay que sacar a los celulares del medio: nadie puede decirle “¿sos vos?” como si fuera un misterio a alguien a quien ya ha stalkeado hasta verle las fotos del secundario. Cuando pienso, entonces, en por qué es difícil escribir una comedia romántica que no se sienta retro pienso sobre todo en esto: no que internet sea frío porque se trate de máquinas, sino que lo que mata al romance, tal como lo conocemos, es el poco espacio que la vida atravesada por la información y el cálculo deja a la casualidad. Para conocer a alguien en la calle, o en un bar, o en la universidad, hay que tener tiempo desorganizado en espacios igualmente desorganizados. Hay que hacerle un lugar al caos que internet supo tener, en sus inicios de anonimato, pero que ya no tiene hoy. Ya no queda nada anónimo en el mundo, ni el de los átomos ni el de las pantallas; todas las cosas han sido nombradas, como en el Génesis cuando termina la creación del mundo y solo queda vivir.

No es solo un tema del romance, o al menos del romance en sentido literal. Estos días estuve leyendo los relatos de duelo por el Indio que me crucé en las redes sociales. Casi todos están contados como una historia de amor: se cuenta cuándo conoció el narrador o narradora a los Redondos, y por supuesto, nunca es por internet. Siempre es por casualidad. Te lo presenta un amigo o una amiga. Un novio te lleva a un recital o te comparte un cassette. Te lo muestran tus padres, o al revés, se los mostrás vos a tus padres, buscando algo para compartir. Hay muchas razones por las que es imposible pensar que hoy surja una figura como la del Indio, pero una es esta, la misma por la que es difícil escribir un cuento de amor con cierta épica que no suene extemporáneo: no es la calidad, no es el mainstream, ni siquiera es el capitalismo. Es la muerte casi total del azar, esa especie en extinción que no estamos teniendo el tiempo ni la energía para proteger.

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