

Los festivales musicales, los festivales en general, son un reflejo de la vida, una manada de estímulos en constante sucesión ante un público que solo tiene que decidir qué se lleva a su particular consumo. Como en botica, se decía antes, hay de todo, y la segunda jornada completa del Primavera Sound, primera sin aprensiones meteorológicas, fue una clara prueba de ello, no tanto por cantidad, que también, como por colorido. La oscuridad y la penumbra de The Cure se alzó majestuosa como una nube de tensión que los años, lejos de deshacer, parece alimentar. En las antípodas, el colorismo ligero y en tonos pastel de Addison Rae, hija de las redes, un claro contraste con la densidad gótica de Ethel Cain, también algo brumosa y de caminar mucho más pausado, ajeno a la velocidad digital. Estos fueron los nombres que se impusieron en los escenarios principales, giros estilísticos que en la periferia acompañaron propuestas como la también oscura de Mark Williams Lewis en el Auditori o el sonido pop tropicalizado de Buscabulla, uno de los escasos acentos latinos del festival.






