
La fase de clasificación y los partidos de dieciseisavos de final están dejando un campeonato mucho más disputado de lo que se presuponía gracias a una globalización del fútbol que hace que en un once contra once ya no gane siempre Alemania.
Durante el Mundial de 2026, Gary Lineker tuvo que actualizar su icónica frase sobre el fútbol de selecciones: “El fútbol es un juego simple. Veintidós hombres persiguen una pelota durante 90 minutos y al final los alemanes ya no siempre ganan. La versión anterior queda relegada a la historia”. Lineker, un icono en Inglaterra, fue el máximo goleador del Mundial 86 y es ahora uno de los comentaristas deportivos más reputados en Reino Unido. Un 4 de julio de 1990, en Turín, Alemania Federal eliminaba en la tanda de penales a la Inglaterra de Lineker. A pie de campo, el inglés dejó para la posteridad una sentencia que definió un deporte durante décadas: “el fútbol es un juego de once contra once en el que siempre gana Alemania”.
En aquel Mundial de Italia la sorpresa fue la Camerún de Roger Milla, que se coló en cuartos de final. Del sueño la despertó precisamente Inglaterra, que venció a un equipo de futbolistas que apenas había salido de África, formados en campos de tierra y con escasos recursos. Aquella Camerún fue mítica y es difícil encontrar a algún aficionado al fútbol que no fuese con ellos, desde el partido inaugural frente a Argentina hasta aquellos octavos de final en Nápoles en los que eliminaron a Colombia.
En 2026, la invencible Alemania se llevó el primer susto con Curaçao, un país que es más pequeño que muchas ciudades españolas. En su debut mundialista, Curaçao le llegó a empatar a Alemania en el minuto 21, con un gol de Livano Comenencia celebrado en todo el planeta futbolístico. Los alemanes se repusieron y acabaron respondiendo con seis goles más. Pero cayeron en su último partido en el grupo frente a Ecuador y se marcharon a casa en dieciseisavos tras perder su primer tanda de penaltis de la historia de los mundiales, frente a Paraguay. Fue ahí cuando Lineker tuvo que actualizar su frase.
El 7 de julio de 1974, el Estadio Olímpico de Múnich recibió una de las grandes finales de los mundiales: Alemania occidental frente a la Holanda de Cruyff. Aquel partido convirtió a estas dos selecciones en la aristocracia del fútbol. Alemania tiene cuatro Mundiales y Holanda una sola Eurocopa, pero dos finales y la certeza de que la Naranja mecánica de 1974 cambió la forma en que se practicaba ese deporte en todo el mundo. Unas horas después de que Alemania perdiera en los penaltis frente a Paraguay, Holanda también hacía las maletas. Derrota frente a Marruecos. Y en otra tanda de penaltis.
La pentacampeona Brasil tuvo que sudar para remontar el gol inicial de Japón en el partido soñado por Oliver Atom y su ficticio amigo Benji Price. Y Harry Kane se inventó un golazo por la escuadra para levantar un partido que a Inglaterra se le había atragantado frente al Congo. Bélgica remontó en cinco minutos ante Senegal y Noruega también necesitó del mejor Haaland para vencer a Costa de Marfil. Solo México, Francia y España han resuelto con solvencia sus partidos en unos dieciseisavos de final en los que ha quedado claro que “si la pelotita no quiere entrar no hay rival pequeño”, como dejó dicho Di Stefano.
Pero la admiración en esta Copa del Mundo la provocó Cabo Verde, otro país debutante. En la madrugada del sábado se vistió de Camerún en 1990 y puso contra las cuerdas a la todopoderosa Argentina de Messi, campeona del mundo en 2022 y candidata a revalidar el título. Los africanos forzaron la prórroga y en el minuto 103 Lopes Cabral marcó el gol del Mundial con el que empataba de nuevo la eliminatoria. Solo un gol de Borges en propia puerta (que no jugaba para Argentina, sino para Cabo Verde), impidió la que podía haber sido la gran gesta del campeonato. Y quizás de los últimos mundiales.






