Uno. Un chico llora a los gritos en la calle, la madre intenta calmarlo también a los gritos. Pasa caminando muy cerquita una nena, Mafalda, que se detiene para observarlos, entre la curiosidad y la intriga. La mujer, que quiere que su hijo deje de llorar a toda costa, prueba con una treta. “Uuuuy. Mirá, la nena es como vos y no llora. Qué vergüenza, cómo te mira la nena. ¡Va a pensar que sos un llorón! ¿No es cierto, nena?”. Mafalda entonces abre la boca enorme (y Quino, para que quede clarísimo, traza una respuesta también gigante que ocupa más de la mitad del cuadro): “¡No!”. En la escena siguiente, con Mafalda fuera de campo, el nene sin lágrimas –incluso esbozando una leve sonrisa–, y la madre petrificada, se lee: “Por suerte la nena tiene conciencia gremial”. Llegué a esa imagen buscando otra tira de Mafalda por estos días (una que recuerdo muy al pasar y no encontré: ella, también andante, va notando mientras camina que las calles y las veredas están inundadas, piensa que pasó algo extraño hasta que llega a la puerta de la escuela y descubre que el agua acumulada es, en realidad, una inundación de lágrimas de los chicos y las chicas que no quieren entrar a clase). No hay novedad acá: incluso antes de que la palabra empatía con su laca de banalidad inundara, como esas lágrimas infantiles, los titulares, las redes, las conversaciones, se ha destacado en Mafalda su solidaridad, su idealismo, su atención sobre los otros. Lo que me gusta, en estos dos casos al menos, es que en esas tiras se trata de un ponerse en el lugar de sin, justamente, ponerse en el lugar de; sin intentar correr al otro de su dolor, de su angustia, de sus lágrimas. Quino propone una Mafalda en tránsito que no busca explicaciones al llanto ajeno, ni pretende consolar. Alguien que mira con distancia, que probablemente se conmueva frente a los demás (quizá evocando sus propias penas: un dolor que lleva a otro, ausencias como gatillos), y que camina con su conciencia gremial –y doliente– a cuestas.