
“Hasta la hora del ocaso amarillo / cuántas veces habré mirado/ al poderoso tigre de Bengala”. Me sentía como Borges, huérfano de tigres, perdidos el oro de la fiera y sus violentas rayas. Había ido al zoo de Barcelona a verlos, como suelo, y no estaban. “Oh tigres, oh fulgores”, lamenté. En la instalación frente a la que desde niño he soñado tanto no se veía ni uno. Pensé que igual me había quedado ciego como el poeta, pero no, un letrero daba cuenta de que allí ya no había ni volvería a haber tigres. Signo de los tiempos.








