
El campeón llega a los cuartos de final envuelto en una renovada ola de entusiasmo, pero también con señales de alerta. La jerarquía de Messi y el poder ofensivo alimentan la ilusión, mientras las dudas defensivas despiertan la cautela antes del duelo con Suiza, este sábado desde las 22.
No, no está en la Constitución, pero a esta altura el Mundial de fútbol tiene categoría de derecho inalienable. Durante un mes, la sociedad nativa se deja emboscar por la liturgia elástica del gran banquete deportivo y absorbe –se empacha con– sus estímulos, para devolverlos sobrecargados y enloquecidos. Esa experiencia es una aventura individual –cada cual tiene sus propios santos– pero también una construcción colectiva: la pasión circula sobre una cadena de montaje cuyo recipiente arranca vacío –“No hay clima de Mundial”– y va sedimentando emociones hasta el infinito, tal vez hasta hacer estallar los cristales de la historia.
En eso está ahora el vínculo de la gente con el campeón del mundo: recuperándose de la resaca egipcia y esperando con expectativas el examen de hoy con Suiza (10 de la noche en Kansas), infrecuente rival para los cuartos de final de un Mundial.






