
Cuando Michel Devoret se despertó el pasado 7 de octubre, todo el planeta sabía algo que él ignoraba: le acababan de conceder el premio Nobel de Física. “Me convencí de que era real cuando me llamó mi hija; supe que ella no me gastaría una broma así”, dice, ahora, entre risas. Este físico parisino de 73 años fue galardonado, junto con sus colegas John Martinis y John Clarke, por demostrar experimentalmente que las leyes de la mecánica cuántica se pueden observar y materializar en circuitos eléctricos. Los tres físicos lograron, a mediados de los años ochenta, algo que parecía imposible: demostraron que un objeto lo suficientemente grande como para sostenerse con la mano podía comportarse como una partícula cuántica, ajena a las leyes del mundo macroscópico. Lo hicieron construyendo un pequeño circuito eléctrico con materiales superconductores, un hallazgo que abrió la puerta a tecnologías como la computación y la criptografía cuántica.





