
“Nunca olvidaremos esta pesadilla. Pero ahora estamos empezando a tener nuevos sueños”, decía Luis Puenzo hace 40 años, exactamente el 24 de marzo de 1986. Tenía entre sus manos la estatuilla del Oscar a la mejor película extranjera, el premio que acababan de entregarle por La historia oficial (1985), uno de esos sueños con que el arte y la cultura de Argentina comenzaban a procesar el legado de horror y dolor que habían dejado la dictadura militar y el terrorismo de Estado. Era la primera vez que una película latinoamericana recibía la distinción de la Academia del Cine estadounidense.






