
Un modelo de lenguaje puede defender con soltura una política pública controvertida y, segundos después, construir el argumento contrario. En una persona, ese cambio podría revelar flexibilidad intelectual, oficio retórico u oportunismo. En la máquina, la explicación inmediata es más sencilla: ha recibido otra instrucción, de modo que ambos textos pueden estar bien construidos sin que ninguno, por sí solo, nos diga qué ha comprendido el sistema ni qué relación guarda con lo que afirma.






