
Libros, series, películas y un montón de cosas para aferrarse en medio del desconcierto.
Las capas del silencio, placeres incómodos
Pasa una vez más, así que lo transcribo: todo lo que miro, leo o escucho por estos días encierra un modo de decir adiós. Tal vez ocurra siempre (¿no hay un réquiem escondido en cada libro, en cada película, en cada canción? ¿sobre qué se puede escribir, filmar, componer, si no es alrededor de asuntos que se acercan a algún tipo de final?). O tal vez, en realidad, mi atención otra vez esté particularmente puesta en ese gesto antes que en otros: miles y millones de movimientos galácticos, de palabras dichas o calladas, de ruidos y ruiditos, de escenas en simultáneo para quedarse, por elección, por acción, por desdén, por deseo, en una frecuencia única, fatal. Habitar un mundo es, antes que nada, un modo de escuchar(lo). Oídos sordos, parar la oreja: ese vaivén.
Como venimos oyendo casi a diario: “Empiezo por el final. Terminaré en el principio”. Como si una música particular acaparara lo que nos rodea y sólo nos quedara sintonizarla para ver a qué suena, de qué está hecha, a qué se parece, qué caminos sigue. “Todo sea por el ruido de la ausencia de ruido, la claridad de la confusión”, apunta María Negroni en El corazón del daño.





