
Un trabajo midió por primera vez en 11 astronautas de la Estación Espacial Internacional los efectos psicomotores que tiene pasar meses en microgravedad. Los autores advierten de posibles riesgos de cara a misiones permanentes en la Luna o Marte.
“Cada vez que me despertaba en los primeros días pensé que estaba flotando”. Así explicaba la astronauta Christina Koch su experiencia en la rueda de prensa tras el regreso de la Luna en la misión Artemisa II. A pesar de haber estado en otras misiones mucho más largas, a Koch esta vez le pasó algo diferente. “Nunca había experimentado eso de que creer que algo flotará frente a ti, pero lo hice en este regreso”, reconoció. “Por alguna razón, dejé una camisa en el aire y se cayó: ¡plop! Realmente me sorprendió”.
Lo que describe Koch forma parte del anecdotario clásico de los astronautas. En los años 70 el estadounidense Jack Lousma contó que en los días posteriores a su regreso de la estación Skylab soltó un frasco de loción en el aire, esperando que siguiera flotando, y su compañero Owen Garriott perdía el equilibrio cada vez que apagaba las luces en la primera noche que pasó en casa. Y la situación ha saltado a menudo a la ficción: en la película rusa Salyut-7 uno de los cosmonautas deja caer un objeto desde el balcón por el mismo motivo, y en 2013 el astronauta Tom Marshburn protagonizó un vídeo para la NASA en el que parodiaba este efecto.
Un equipo de investigadores acaba de publicar los resultados del primer estudio sistemático de estos desajustes que producen los cambios de gravedad en los astronautas. El equipo de Philippe Lefèvre, de la Universidad Católica de Lovaina, completó un trabajo con la colaboración de 11 astronautas que realizaron el mismo experimento antes, durante y después de sus misiones en la Estación Espacial Internacional (ISS) durante varios años. Y, aunque el efecto que miden no es exactamente el de soltar objetos en el aire, los resultados confirman las sospechas: tras su regreso del espacio, los astronautas siguen haciendo predicciones incorrectas al agarrar los objetos.
“El primer astronauta hizo las pruebas en 2018 y el último completó la toma de datos en 2023”, explicó Lefèvre a elDiario.es. “Tuvimos la gran suerte de poder acceder a los astronautas justo el día después de su regreso a la Tierra, lo cual es muy inusual”, relató. “Ese mismo día realizaron exactamente la misma tarea, lo que nos permitió probar cómo se readaptaban a la gravedad terrestre de forma casi inmediata, repitiendo las pruebas a la semana, al mes y a los dos meses para obtener una imagen completa de su recuperación”.
Tuvimos la gran suerte de poder acceder a los astronautas justo el día después de su regreso a la Tierra, lo cual es muy inusual
El trabajo se enmarca dentro de un experimento GRIP (en inglés, “agarre”) y se publicó hace unos días en la revista JNeurosci. En él se describen las pruebas que los tripulantes de la ISS repitieron en sus misiones: dos sesiones completas antes del lanzamiento, otra a la semana de llegar a la ISS, otra a los tres meses y una última unos seis meses después. “El protocolo es muy simple”, explica el autor principal. “Sostienen el objeto y lo mueven de arriba abajo como si fuera una coctelera. Al acelerar y desacelerar el objeto, el riesgo de que se resbale cambia constantemente”. El objeto tiene sensores incorporados para medir la fuerza de contacto tangencial que ejercen con los dedos; a mayor fuerza tangencial, mayor es el riesgo de deslizamiento y más fuerte deben apretar.






