Peter Thiel: el cerebro supremacista de Trump

elDiarioAREl Diario Ar23/04/202616 Views

El estancamiento económico, reflexiona Thiel, es el Anticristo y esto es, a su juicio, lo que hoy representa Europa. También le pone nombre de mujer: Greta Thunberg. El magnate se reúne este jueves con el presidente Javier Milei.

Milei recibe al magnate Peter Thiel en la Casa Rosada y refuerza su vínculo con el poder tecnológico global

Vamos a comenzar por el final. El fin del mundo para Peter Thiel es el estancamiento, algo que percibe aún más peligroso que el Armagedón. El estancamiento económico, reflexiona, es el Anticristo y esto es, a su juicio, lo que hoy representa Europa. También le pone nombre de mujer: Greta Thunberg.

Cuando Thiel argumenta ralentiza los conceptos como si midiera el peso de las palabras en la reacción de su interlocutor. No duda, otea. No arriesga, administra las frases pero el lenguaje de su cuerpo lo traiciona y refleja el movimiento de cada pensamiento. Cuando Ross Douthat, en su podcast del Times, le pregunta por el control que ejerce Dios sobre la historia, Thiel, un profundo religioso, se agita e incómodo, interroga a su vez a Douthat, interesado en saber si está convirtiendo a Dios en un chivo expiatorio. Esto lo aprendió con René Girard. 

Hay que recordar que Thiel está considerado uno de los intelectuales más influyentes de la derecha de las últimas dos décadas. Alguien que observa que la historia vivió entre la Revolución Francesa y el Mayo del 68 una verdadera aceleración y que en los últimos cincuenta años está simplemente detenida: no pasa nada. Por supuesto que estas efemérides no son las que usa él, ya que los acontecimientos mencionados le producen irritación: prefiere señalar la llegada del hombre a la Luna como el final del crecimiento y la masacre de Charles Manson como el triunfo de los hippies y la madre de nuestra decadencia. 

Joan Didion percibió en aquel momento que el centro cedía, según cuenta en una crónica de Arrastrarse a Belén y en El álbum blanco, donde vibran los ecos entonces recientes de la masacre del clan Manson. Quizás ha muerto sin saber que un cryptobro, vecino de Los Ángeles, vio también allí un quiebre, pero que, muy lejos de ella, propone disolver el mundo como plan de restauración. 

¿Qué hace un magnate del Silicon Valley teorizando y liderando el supremacismo tecnológico desde la trastienda del gobierno de Donald Trump? Repetir lo que hacía en sus años de estudiante en el campus universitario cuando asumió el rol de intelectual hiperagresivo y fundó la revista conservadora The Stanford Review desde donde combatía, aun siendo gay, los planteos a favor de la diversidad. En aquellos años, señala Max Chafkin, autor de The Contrarian, una biografía no autorizada, que Thiel era también un defensor del apartheid porque, argumentaba, había permitido el alto desarrollo de Sudáfrica en comparación con los demás países africanos. Su padre fue ingeniero de minas en Namibia y el pequeño Peter crecía en una reserva de población blanca entre comodidades que contrastaban con las condiciones de vida esclavizantes de los trabajadores negros bajo las órdenes de su progenitor. Thiel nunca miró el mundo desde un costado. 

En Stanford conoce al pensador francés Rene Girard e inmediatamente se integra a su grupo de estudio. Girard es autor de la teoría mimética que postula que los deseos humanos no son innatos, sino que se forman a partir de la imitación de los demás. Aquello que moviliza al sujeto, sostiene, es la competencia con otro para obtener el objeto que desea: deseamos lo que desea el otro, le imitamos, lo cual nos lleva al enfrentamiento. Cuando la disputa pasa de lo personal a lo colectivo, hace falta un chivo expiatorio para resolver el proceso. Cristo, quizás, sea el más célebre.

Cuando años después se cruza con Mark Zuckerberg, quien le pide apoyo económico para su plataforma, Thiel atiende el hecho de que Facebook comenzó como Facemash en Harvard, que permitía a los estudiantes comparar sus fotos y elegir, es decir, desear, y expresarlo con un «me gusta» entrando en una competición virtual. El modelo le pareció un ejercicio práctico de la teoría de Girard. Esa epifanía le ha permitido ser actualmente socio accionista de Meta. 

Si bien Thiel se considera un discípulo de Girard, solo ha tomado de su sistema de pensamiento aquello que le permite proyectar el suyo. 

En 2004 Thiel establece claramente su punto de mira al pronunciar una conferencia ampliamente difundida y que sigue siendo el eje de su narrativa, El Momento Straussiano, en la que sostiene que los ideales liberales de la Ilustración —tanto el racionalismo como los derechos individuales y una economía consecuente con esos valores– son insuficientes para hacer frente a los peligros que plantean los adversarios impulsados por ideologías como la ley musulmana.

Thiel sigue ahora al filósofo clasista Leo Strauss, quien sostenía que la modernidad y la Ilustración erosionaron los mitos fundacionales que unificaban las sociedades. Plantea, entonces, un encuadre político que funcione al margen de los controles y equilibrios de la democracia representativa; un marco excepcional controlado por una vanguardia elitista que opere en la sombra, sin el lastre de la supervisión democrática. La sociedad necesita riesgo y disrupción, sostiene Thiel. Trump es riesgo y disrupción; el movimiento MAGA representa esos valores.

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