¿Quién manda en los márgenes?

elDiarioAREl Diario Ar19/06/202616 Views

A partir de las historias de Teresa y Marta, el artículo explora cómo la pobreza se convierte en una red de subordinaciones donde el endeudamiento, el narcotráfico, la violencia y la ausencia estatal se combinan para ejercer un poder que restringe la libertad de quienes menos tienen.

“La pobreza,” dice el sociólogo y ganador del premio Pulitzer Matthew Desmond, “suele ser escasez material sumada a dolor crónico, sumada a encarcelamiento, sumada a depresión, sumada a adicción. La pobreza no es una línea: es un nudo apretado de males sociales”. Es un conjunto de problemas que se acumulan: falta de dinero, vivienda precaria, contaminación ambiental, violencia cotidiana, dolor físico, inestabilidad e incertidumbre.

Para Teresa y Marta, vecinas de dos barrios marginado del sur del conurbano bonaerense, la miseria no es sólo un ajustado nudo sino una soga que las somete – la pobreza es una condición y un conjunto de relaciones de dominación que las abruman y frente a las cuales poco pueden hacer. ¿Cuáles son las formas de poder que hoy afectan a los pobres conurbanos? ¿Quiénes gobiernan hoy la vida popular?

Teresa toma medicamentos para la diabetes y para la presión alta, “antes te los daban, ahora ya no… ahora hay que comprarlos… No aumentó mucho, pero a veces no hay.” Para adquirir sus remedios, los de su marido con una cardiopatía, y los de unos de sus hijos “que sufre de los huesitos,” Teresa recurre a un prestamista. “Todo el préstamo es para remedios.”

“No me hables de los préstamos. Los préstamos son deuda nomás, deuda que te hunde y te hunde”. Es que a Teresa el prestamista del barrio le presta 100, y ella la tiene que devolver 200 al mes siguiente. “A veces, hasta te retiene la tarjeta,” con la que ella cobra su pensión. 

Los prestamistas no son sólo usureros. Para cobrar sus deudas suelen recurrir a la violencia. Marta nos cuenta que a ellos “no les importa nada… están endemoniados.” Esto no es sólo un juicio de valor. La última vez llegaron a cobrarle a punta de pistola. A otro vecino le destrozaron la casa. Poder descarnado, pura coerción. 

Como si hiciese falta remarcar que las deudas acumuladas constriñen su escasa libertad, ellas hablan de “librarse” de sus préstamos. “Ahora tengo 2, ya me libré de uno.” 

Teresa tiene un hijo con problemas de adicción. Consume paco. “Anda, en la calle, drogándose, viviendo de acá para allá. Lo veo cada tanto, lo tuve que echar porque me roba todo lo que encuentra. Me llevó el lavarropa para vender… En el barrio hay uno que le compra las cosas [robadas] a cambio de droga […]. Una vez me arrancó la ventana de aluminio para vender también. Es imposible, pero bueno, trato de estar con calma y llevarlo como se puede.”

Teresa pensó en denunciar a quienes le venden paco a su hijo, pero “no podés decir nada si la policía también está con ellos… Yo fui una vez a denunciarlo y la policía fue y le avisó a la persona que yo lo denuncié. Esa persona vino y me apuntó y me dijo que no va a haber segunda vez … Me apuntó con un arma y me dijo que no iba a haber segunda vez. Que venía a avisar, que me deje de joder, que me deje de hacer un montón de cosas. Eso me dijo […] Es como que te sentís sola porque no tenés con quién contar. Y la policía supuestamente tiene que cuidarte, tienen que ayudarte, no te ayudan ni te cuidan”. 

“El poder,” decía Max Weber, “es la probabilidad de que un actor, dentro de una relación social, se encuentre en condiciones de imponer su propia voluntad a pesar de la resistencia, independientemente de la base sobre la que se sustente dicha probabilidad”. Escuchando a Teresa y a Marta vemos que “prestamistas” y “narcos” – en colusión con la policía local – son quienes hoy gobiernan – esto es, ejercen poder sobre – la vida cotidiana de los más pobres. Adentro y afuera de los hogares estos actores extienden su dominio. Un poder arbitrario y descarnado. Un poder que subyuga a los que menos tienen.

Visibilizar el ejercicio personalizado del poder en los márgenes urbanos no debería hacernos perder de vista las otras formas de dominación que hoy abruman la los más necesitados. Volvamos a escuchar a Teresa y Marta, a lo que no dicen, a lo que insinúan. ¿Por qué no tienen dinero para pagar sus medicamentos? ¿Por qué pagan tanto por ellos? ¿Por qué la salita ya no los distribuye? ¿Por qué no hay centro de rehabilitación accesibles? Responder a estas preguntas requiere ya no tanto pensar en actores de carne y hueso sino en estructuras – un mercado que explota de manera precaria a los sectores más vulnerables de la sociedad; un estado que aparece en zonas marginadas sólo con su cara punitiva y corrupta.

JA/MG

 

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