
La política arancelaria de Donald Trump expone los límites de una estrategia exterior basada en la afinidad ideológica. Entre sanciones comerciales y relaciones cada vez más asimétricas, el autor plantea que la Argentina necesita reconstruir una diplomacia guiada por intereses propios, y no por lealtades personales.
Es un error creer que la admisión a un club político reemplaza las herramientas que propone la diplomacia. Ingresando a la tertulia, es común que las palabras contradigan los hechos; en cambio, lograr que otros deseen lo que nosotros queremos, de lo que se trata la diplomacia, constituye un arte en el que no se negocia con miedo siempre que se haya sabido negociar. La contigüidad fotográfica no asegura la preferencia en el trato, y a veces, donde se ha proclamado que está la solución, es precisamente donde reside el problema.
El Corolario Trump a la Doctrina Monroe, que busca restablecer la primacía estadounidense en el hemisferio occidental (llamado Donroe), postula un enfoque transaccional y realista como visión de la política exterior estadounidense hacia América Latina, la expansión del «America First» al «patio trasero» norteamericano, y el uso de la fuerza y la coerción si se lo considera necesario. Tres tristes truenos. Cuando un puñado de políticos ansiosos viaja a Florida para asistir a la Cumbre Escudo de las Américas, celebrada en el Trump National Doral, en lugar de parrandear con un Escudo ajeno, hubieran tenido que evaluar si no les hacía falta uno propio. Alguno ya posee la nacionalidad estadounidense, y otros se comportan como si la fueran a pedir.
El 23 de julio de 2026 la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) —sujeta a la dirección específica del Presidente, si la hay— anunció la lista definitiva de aranceles de entre el 10 % y el 12,5 % sobre importaciones procedentes de 60 economías. Los exportadores argentinos deberán absorber un impacto tentativo cercano a los US$ 450 millones anuales por los nuevos aranceles. La medida, naturalmente, repercute en el plano económico, pero además de forma significativa en el político: algunos sostienen que la alianza entre Milei y Trump permitió que Argentina recibiera el soplamocos más blando, mientras que en países como Chile se recuerda que las declaraciones de amistad no se tradujeron en ventajas concretas (Alberto Mayol). ¿Cómo es recompensada la fidelidad estratégica? Andar de rodillas, además de deshonroso, a veces no alcanza. Frente a ello, cabe preguntarse si no sería bueno transformar tradición en convicción, distancia en perspectiva y recursos naturales en certezas.
Cuando no hay preferidos sino fichas, constituye un error juzgar las cosas por lo que se espera de los Estados Unidos, en lugar de examinar lo que quiere y puede aportar y el modo en que lo hará. En el marco de una relación anómala entre una potencia dominante y socios ansiosos —donde los carriles centrales organizan longitudinalmente las fases de procedimiento, presión y sanción—, ¿quién fijará el valor de la taquilla? ¿Cuál es hoy el concepto de relación privilegiada? ¿A quién beneficia realmente el privilegio? ¿Qué intensidad alcanzará en cada caso? Es ahí donde emerge la singularidad de Trump: afirmar que una persona chocante no es tonta no supone necesariamente un disparate; puede funcionar como una advertencia, del mismo modo que los carteles de «piso mojado». En cualquier caso, este enfoque permite someter el panorama a una evaluación rigurosa y anticipar las disputas que se avecinan.
Un mundo basado en el multilateralismo y en las reglas del derecho internacional requería instituciones de vértice, mecanismos de distribución de las influencias, orden en el tiempo y recursos para financiar todo. Para las grandes potencias, una parte de los fondos que adquirían como resultado de su poder, debía destinarse a sostener el sistema que generaba riqueza y mantenía el equilibrio. Pero nada es para siempre. Desde Trump, cuando el país dominante necesita más aportes, nada mejor que exigir a cada líder emergente un precio mayor para pagar el acceso al mercado norteamericano.
Los instrumentos que emplea no son triviales para quien los aplica ni sencillos para los países afectados. Se iniciaron investigaciones contra 60 economías bajo la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974 (de Gerald Ford), el instrumento unilateral más potente de Estados Unidos para imponer sanciones comerciales —principalmente aranceles— contra prácticas extranjeras que considera injustas por perjudicar sus intereses comerciales, sin necesidad de autorización previa de la OMC. No se trata solo —por ejemplo— de que los países no fabriquen productos mediante trabajo forzoso, sino de si existen o no normas que impidan la importación de bienes así producidos que pudieran ser enviados luego a Estados Unidos. Tras la apertura de las investigaciones sigue un proceso de consultas, recepción de antecedentes y audiencias públicas. Hay una conclusión preliminar, presentaciones de los sectores público y privado (en Washington) para defender la posición de los países y solicitar exclusiones para productos estratégicos (para el abastecimiento estadounidense), audiencias definitivas con cientos de presentaciones escritas y más de un centenar de testigos, y la decisión final.
Este expediente no solo permite condicionar las exportaciones hacia los Estados Unidos, sino también que ese país conozca con precisión los intercambios comerciales de sus afines ideológicos con terceros —en particular con China y con el resto de la cuenca Asia-Pacífico—, su volumen y su naturaleza, y que actúe políticamente en consecuencia. Hay un mundo que desaparece, una transformación profunda reescrita por el poder, y un modo de protección que deja de ser eficaz. Todo ocurre en el marco de un vínculo profundamente asimétrico, marcado por la heterogeneidad de los volúmenes comerciales, sin reglas internacionales estables, sin compensaciones por la obediencia, sin certeza de que un consentimiento no sea el umbral de nuevas y mayores exigencias, y sin libertad real para forjar alianzas alternativas. ¿Dónde están las garantías de supervivencia? ¿Resultan viables los juegos a varias bandas? ¿Cuál es el precio de renunciar a las propias virtudes? ¿Cómo se mide, en este escenario, la relación entre costo y beneficio? Por comenzar, con política exterior, tacto estratégico y coraje histórico.
En la película «Sin lugar para los débiles» (adaptación de la novela homónima de Cormac McCarthy), dirigida por los hermanos Joel y Ethan Coen, hay una escena final en la que el sheriff retirado Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), quien tiene veinte años más de los que tenía su padre al morir, relata un sueño: «… los dos estábamos en los viejos tiempos. Yo iba a caballo por las montañas de noche, cruzando un paso. Hacía frío y había nieve en el suelo. Él pasó a mi lado montado, sin decir nada y sin detenerse. Iba cabizbajo, envuelto en una manta. Cuando pasó vi que llevaba fuego en un cuerno, como hacía la gente antiguamente, y podía ver el cuerno por la luz que tenía dentro, del color de la luna. En el sueño supe que iba delante y que iba a hacer un fuego en toda aquella oscuridad y aquel frío. Y supe que cuando yo llegara, él estaría esperándome. Y entonces me desperté». Es una metáfora sobre un mundo que cambia de manera inexorable, impredecible e incierta.
Cuando suenan tristes truenos, siempre es posible aceptar las cosas poniéndose de rodillas. Pero también queda levantar la cabeza, recordar con temple e ir hacia la luz.





