
Holden Caulfield veía la adultez como un territorio de hipocresía y falsedad. J. D. Salinger lo convirtió en “el guardián entre el centeno” para evitar que los niños cayeran al precipicio de crecer. Esa metáfora, que parecía un gesto literario, hoy se lee como una anticipación: la adultez ya no es un lugar al que se llega, sino un umbral que se diluye, un territorio que se desarma antes de consolidarse. “La adultez no es un momento de llegada, es un proceso continuo de integración y complejidad”, advierte Mariana Maristany, psicóloga de la Fundación Aiglé. Su frase funciona como un espejo de época. Y el fenómeno es global.
Durante gran parte del siglo XX, ser adulto significaba haber alcanzado autonomía económica, sostener un hogar, asumir responsabilidades duraderas. Era también encarnar una función simbólica: transmitir normas, límites y continuidad entre generaciones. La adultez era una estación reconocible en el mapa de la vida, marcada por rituales y responsabilidades que daban forma a la biografía. Estudios de la Universidad de Buenos Aires presentados en las últimas Jornadas de Sociología analizan cómo la construcción biográfica y la administración del tiempo vital se han transformado, y hoy muestran que los límites entre juventud y adultez se vuelven difusos. El estudio concluye que la adultez ya no es un estadio rígido, sino un proceso flexible condicionado por contextos sociales. De este modo, esos hitos que marcaban el ritmo se han desplazado, las trayectorias vitales se han vuelto más largas, reversibles y discontinuas.
La paradoja es inquietante: sociedades con más educación y más acceso a la información conviven con generaciones que prolongan la adolescencia hasta bien entrada la treintena
El fenómeno se observa en escenas cotidianas: jóvenes que se independizan y vuelven a la casa de sus padres, adultos que cambian varias veces de carrera o de trabajo, parejas que postergan indefinidamente la decisión de tener hijos. La OCDE advierte que en España dos tercios de los jóvenes de entre 25 y 29 años siguen viviendo con sus padres, un dato que se repite en América Latina y que refleja la dificultad de alcanzar independencia económica.
La paradoja es inquietante: sociedades con más educación y más acceso a la información conviven con generaciones que prolongan la adolescencia hasta bien entrada la treintena. La juventud se expande, la adultez se disuelve. “El proceso de la adultez en términos psicológicos puede ser vivido como libertad o como una incertidumbre enorme”, dice Maristany. Esa ambivalencia abre oportunidades, flexibiliza proyectos, otorga autodeterminación para decidir sin tantos mandatos sociales. Sin embargo, también amplifica la ansiedad y la sensación de inestabilidad permanente.
La adultez fue, durante gran parte del siglo XX, una pieza central en la arquitectura social. No era simplemente una etapa biológica, era un rol cargado de sentido: el adulto transmitía normas, sostenía un hogar, encarnaba la continuidad entre generaciones
Un estudio conjunto de Flacso y Unicef sobre jóvenes sin cuidados parentales revelan que alcanzar autonomía plena se vuelve cada vez más difícil, con transiciones incompletas hacia la independencia económica y social. La Universidad Nacional de Educación a Distancia, en España, describe la emergencia de generaciones que pasan de la dependencia juvenil a la vejez sin consolidar la adultez.
El mandato contemporáneo parece ser habitar un presente prolongado, sin horizonte definido, sin hitos que marquen un antes y un después. La desaparición del adulto como figura cultural no es solo un fenómeno privado, sino que deviene en un cambio estructural que redefine el lazo social y obliga a repensar qué significa hoy ser mayor.
La adultez fue, durante gran parte del siglo XX, una pieza central en la arquitectura social. No era simplemente una etapa biológica, era un rol cargado de sentido: el adulto transmitía normas, sostenía un hogar, encarnaba la continuidad entre generaciones. Pero, “una cuestión es la edad cronológica y otra los procesos psicológicos que la acompañan en contextos sociales particulares”, advierte Maristany. Esa diferencia explica por qué la adultez funcionaba como un estatuto simbólico, capaz de legitimar la autoridad y dar coherencia al lazo social.
En su trabajo “Adultez(ser): transiciones etarias contemporáneas en la frontera” (Cuadernos del Ciesal, UNR, 2023), Guillermo Reyes Rodríguez muestra cómo la dificultad para cumplir con los valores y umbrales sociales esperados vuelve más compleja la identificación de un sujeto como adulto. Según él, “la adultez se redefine en torno a nuevos valores y transiciones que ya no responden a los marcos tradicionales”.
En un estudio realizado en México por los sociólogos Minor Mora Salas y Orlandina de Oliveira, se analizaron el modo en que las trayectorias juveniles se fragmentan y se vuelven reversibles. Su investigación concluye que la adultez deja de ser un destino fijo y se convierte en un proceso abierto, condicionado por precariedad laboral y los cambios culturales.
Verónica Fonseca Gutiérrez, psicóloga de la Universidad Santo Tomás, en Bogotá, subraya: “El tránsito a la vida adulta debe entenderse en relación con la autonomía y los contextos sistémicos. Este camino no puede definirse sólo por la edad, sino por la capacidad de ejercer autonomía en un entorno social determinado”. Esta perspectiva refuerza la idea de que la adultez es una función cultural que se legitima en la práctica, más que en el calendario.
“Sentirnos adultos implica tomar decisiones y elegir nuestro camino -señala Maristany-, fácil de escribir y difícil de llevar adelante”. En décadas anteriores, esas decisiones estaban enmarcadas por expectativas sociales claras: terminar los estudios, conseguir un empleo estable, formar pareja, tener hijos. Hoy, al desdibujarse esos marcos, la adultez se redefine como un proceso de negociación constante. La autoridad ya no se legitima por la edad o el rol, sino por la capacidad de sostener vínculos, de orientar en la incertidumbre y de ofrecer coherencia en un escenario donde las trayectorias vitales se fragmentan.
Las transformaciones que han debilitado esta etapa definida se explican por una combinación de factores económicos, educativos y culturales
“El adulto, entendido como figura cultural -indica de Oliveira-, fue durante décadas el eje que articulaba familia, trabajo y comunidad. Su debilitamiento no es solo un fenómeno privado, es una transformación estructural que afecta la manera en que las sociedades transmiten normas, sostienen vínculos y proyectan futuro. La desaparición de esa figura obliga a preguntarnos qué tipo de autoridad, qué tipo de continuidad y qué tipo de responsabilidad pueden sostener la vida colectiva en un tiempo donde la adultez se ha vuelto un rol incierto”.
Las transformaciones que han debilitado esta etapa definida se explican por una combinación de factores económicos, educativos y culturales. “El adulto contemporáneo se enfrenta a la paradoja de tener que sostener responsabilidades sin contar con los marcos estables que antes legitimaban su rol”, amplía Maristany a este diario.
El sociólogo Richard A. Settersten Jr., profesor de políticas sociales en la Oregon State University, sostiene en su estudio “Convertirse en adulto: significados de los marcadores de la edad adulta”: “Los caminos hacia la adultez se han vuelto prolongados, complejos y altamente desiguales”. Inserciones laborales más precarias y salarios iniciales más bajos retrasan la independencia económica, generando trayectorias frágiles. En la Argentina, un informe de la Fundación Tejido Urbano basado en la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC revela que cerca del 40% de los jóvenes de entre 25 y 35 años -equivalente a unos cuatro millones de personas- continúa residiendo en el hogar paterno. El estudio señala que los salarios bajos y el costo de los alquileres, que en ciudades como Buenos Aires pueden absorber más de la mitad de los ingresos de un joven con empleo, son los principales factores que frenan la independencia habitacional. “La precariedad laboral no solo retrasa la emancipación, también erosiona la confianza en que la adultez pueda alcanzarse de manera plena”, señala Settersten. En Estados Unidos, el Pew Research Center mostró que más del 50% de los adultos jóvenes vive con al menos uno de sus padres, el porcentaje más alto desde la Gran Depresión.
La antropóloga Ann Nilsen, profesora de sociología en la Universidad de Bergen, Noruega, concluye en un estudio sobre nociones de hacerse mayor en familias de tres generaciones que “la permanencia en el hogar no es solo una cuestión económica, sino también cultural: la juventud se consolida como valor dominante y redefine las expectativas de autonomía”.
La socióloga Barbara Schneider, especialista en educación y juventud en la Michigan State University, advierte: “La extensión de la educación ha desplazado los hitos tradicionales de la adultez, retrasando la entrada plena al mercado laboral”. Más años de estudio implican más tiempo antes de consolidar autonomía económica y social. En Estados Unidos, el promedio de edad para completar estudios universitarios de cuatro años supera los 24 años, y cada vez más jóvenes cursan posgrados antes de ingresar al mercado laboral. En Europa, la Comisión Europea señala que el 40% de los jóvenes entre 25 y 34 años participa en programas de formación continua, lo que prolonga aún más la transición hacia la estabilidad.
La UNESCO, en su Informe Mundial sobre la Juventud, advierte que la prolongación de la “edad jovial” como valor dominante redefine la política y la cultura: las decisiones vitales se postergan y la autoridad simbólica del adulto se debilita. El informe subraya: “Las transiciones hacia la adultez son cada vez más tardías y heterogéneas, redefiniendo el papel cultural de esa etapa”. La desaparición del adulto como figura cultural es, en este sentido, el efecto de una transformación estructural que combina condiciones materiales y mutaciones simbólicas, indica el informe.
Las consecuencias de una adultez erosionada se despliegan en dos planos: el individual y el social. “La adultez exige hoy un ejercicio consciente de responsabilidad en medio de la incertidumbre”, afirma Maristany. Esa incertidumbre abre un espacio de mayor libertad de elección y exploración biográfica: los jóvenes pueden experimentar más, cambiar de rumbo, reinventarse. Pero esa misma apertura multiplica las trayectorias inciertas y los proyectos vitales menos estables.
Según la Comisión Europea, la proporción de mujeres que tienen su primer hijo después de los 35 años se duplicó en las últimas dos décadas
“Los marcadores de la adultez se han vuelto reversibles: se puede entrar y salir de ellos sin que exista un orden fijo”, advierte Settersten Jr. En la Argentina, datos del INDEC muestran que el 58% de los jóvenes de entre 18 y 29 años no logra cubrir con su salario el costo de un alquiler en las principales ciudades. La familia, dice Settersten, se convierte en amortiguador de riesgos, pero también en un espacio donde se posterga la autonomía. “La adultez contemporánea se define más por la capacidad de negociar vínculos que por alcanzar hitos normativos”, subraya Nilsen.
La convivencia prolongada entre generaciones redefine la autoridad simbólica: padres que sostienen económicamente a hijos adultos, abuelos que comparten vivienda, y jóvenes que retrasan la maternidad y la paternidad. Eurostat indica que en países como Alemania y Francia la edad media para el primer hijo se acerca a los 32 años.
Según la Comisión Europea, la proporción de mujeres que tienen su primer hijo después de los 35 años se duplicó en las últimas dos décadas. Ese retraso debilita la autoridad simbólica de los adultos y transforma la organización del lazo social. La sociedad pierde una figura que antes estructuraba responsabilidades y organizaba el pasaje entre generaciones.
El resultado es una adultez convertida en tránsito abierto, donde la libertad convive con la incertidumbre y la dependencia con la autonomía. La figura del adulto como referencia estable se desvanece, y con ella se desorganizan los equilibrios generacionales.
Holden Caulfield soñaba con ser guardián de los niños que corrían hacia el precipicio de la adultez. Hoy ese abismo parece haberse desvanecido: no hay caída porque no hay borde definido. El desafío contemporáneo no es llegar a ser adulto, sino aprender el ejercicio en medio de trayectorias fragmentadas, construir sentido sin guardianes y asumir responsabilidades en un mundo donde el abismo parece ser un lago quieto sin corrientes.






