
De Nora Ephron a Santiago Gerchunoff, una reflexión sobre cómo la crianza dejó de ser un vínculo para convertirse en una actividad profesionalizada, atravesada por la obsesión por optimizar a los hijos y por las exigencias que los adultos se imponen a sí mismos.
Hace un par de años, cuando empezaron a circular las traducciones de Nora Ephron editadas por Libros del Asteroide, volví a leer sus libros de ensayos, que había leído en inglés de adolescente y en la universidad: hablo sobre todo de mis dos preferidos, Ensalada loca y No me gusta mi cuello. Desde esa primera relectura vuelvo a ellos cada tanto, más como una suerte de oráculo azaroso que todas las veces va a mostrarme algo distinto. Uno de mis últimos hallazgos fue “La crianza en tres etapas”, un ensayo sobre mapaternidad que, para sorpresa de nadie, mi yo de veintitrés había pasado por alto. Volví a recordarlo estos días, después de leer esta entrevista que le hicieron en El País a Santiago Gerchunoff sobre su libro En la era de los niños cosa, que tengo muchas ganas de conseguir y leer.
Gerchunoff en la entrevista y Ephron en su ensayo (que es de 2006) hablan de un mismo fenómeno: la crianza como un saber profesional, algo en lo que hay que perfeccionarse como si se tratara una carrera universitaria o un nuevo puesto laboral. La palabra en inglés que usa Ephron en su ensayo es parenting, que está muy bien traducida como crianza en su uso contemporáneo (compramos libros sobre crianza, hablamos con expertos en crianza) pero que podría traducirse también como “paternar”, para recoger el matiz verbal del original; especialmente porque Ephron lo diferencia de lo que había antes, dice ella, que era madres y padres. Madre y padre son sustantivos, no verbos; ser madre o ser padre describe una situación o una posición, no una actividad. El parenting, en cambio, es como el running o el spinning o el trekking o el journaling: cosas serias, no salir a caminar ni a andar en bici o anotar cositas. Son actividades solemnes, y sobre todo exclusivas: no algo que hacés mientras hacés otras cosas, sino algo a lo que se supone que deberías dedicarle toda tu atención.
En las respuestas que Gerchunoff da a El País, el acento está puesto (como en el título de su libro, que todavía no leí) en el supuesto resultado que se espera de esta crianza intensiva. Los niños, en su hipótesis, son tratados como “cosas” a ser optimizadas, mejoradas, tuneadas. Le agrego a este niño inglés, robótica o comida orgánica. Ephron también habla de eso: el parenting supone, escribe Ephron, que un hijo es una pedazo de arcilla que podemos modelar. Los pediatras que hacían de guías de la paternidad en su época, dice Ephron (habla del célebre Doctor Spock, primero, y luego de un tal Berry Brazelton que habría estado de moda en los 80), tendían a explicar que los niños eran de una manera o de otra y que uno como madre o padre podía hacer un par de cosas, pero no demasiadas, para llevarlos hacia un lado o hacia otro. Estaba, dice Ephron, la idea de que un hijo tenía su propia personalidad. Luego, dice Ephron, llegó el parenting, que no se trataba ya de criar un hijo, sino de transformarlo, manipularlo, pulirlo: tal como dice Gerchunoff, mejorarlo. Creo que Ephron se engaña un poco: es cierto que la novedad es la tendencia a la optimización, pero no creo que antes de eso hubiera un respeto tan supremo a la individualidad de los hijos. De hecho, se esperaba que tus hijos te siguieran en tus costumbres, tu cultura, tu religión, a veces hasta tu profesión. Sí está claro, sin embargo, que a estas expectativas se les dedicaba mucho menos tiempo y atención que la que dedican hoy la mayoría de los padres a sus hijo; en parte, probablemente, porque alcanzaba con la disciplina, que en no pocos casos era solo una palabra elegante para la violencia.
Así y todo, yo creo que el parenting no se trata tanto de los resultados: de hecho, los resultados son lo menos importante, incluso para los propios padres que lo ejercen (¿lo ejercemos? Pongamos). Nora Ephron hace mención a algo de esto, en un par de párrafos breves que representan la parte más políticamente incorrecta de su ensayo: para Ephron, la profesionalización de la crianza está íntimamente relacionada con el feminismo. Cuando las mujeres ingresan al mercado de trabajo y los hombres empiezan, gradualmente, a formar parte de la crianza, se hace necesario convertir a la paternidad en algo difícil, desafiante, algo que sea suficientemente complejo y respetable como para que lo haga un hombre. Conversamente, dice Ephron, el antifeminismo necesita hacer lo mismo: hace falta afirmar que la maternidad es dificilísima, infinitamente compleja, que requiere tu atención completa 24 horas, para justificar que la mujer que se dedica a eso no pueda hacer ninguna otra cosa (justificación que puede venir tanto de una mujer que quiere hacer eso, dice Ephron, pero se siente culpable por no trabajar, como de quien quiere convencer de ser madre tiempo completo a una mujer que preferiría otra cosa). Tanto al antifeminismo como al feminismo, entonces, dice Ephron, les sirve el parenting.
Pienso que Ephron tiene razón, y que ese debería ser el núcleo del texto: al menos por lo que puedo ver desde afuera, conversando con padres y madres de niños de todas las edades, la profesionalización de la crianza se trata mucho más de la subjetividad de los padres que de lo que sea que pase con los hijos. De hecho los rendimientos escolares de los chicos no parecen haber mejorado mucho, en términos colectivos, ni siquiera entre los hijos sobrecriados de los sectores medios y altos (basta, para eso, hablar con los docentes, que no sentimentalizan los logros ni los fracasos de los niños como hacemos sus propios padres); tampoco parece haber más pianistas prodigio o niños matemáticos, accidentes de la naturaleza que siguen ocurriendo con tanta excepcionalidad como siempre. A diferencia de lo que a veces se quiere decir, la paternidad intensiva no es una excepción al individualismo salvaje de la época, sino una extensión de él, una manifestación curiosa. Me gustó, de hecho, una frase de Ephron sobre esto: al “tiempo de calidad” del que tanto se habla hoy ella le opone el “tiempo de cantidad”. En eso solía consistir fundamentalmente, y sigue consistiendo, dice Ephron, la paternidad: un tiempo cantidad, repetitivo, desprovisto las más de las veces de la creatividad y glamour. Hacer cosas mientras uno piensa en otra cosa, hacerlas mal, hacerlas lo más rápido posible, hacerlas y no mucho más.
TT/MG






