Son franceses… pero España fue más equipo y jugará la segunda final en su historia

elDiarioAREl Diario Ar15/07/202616 Views

En una exhibición coral liderada por Rodri y Dani Olmo, la selección desarbola a la colección de estrellas francesas, que habían marcado 16 goles en todo el campeonato y recibido solo dos. Oyarzabal y Porro sentenciaron a Francia en el día de su fiesta nacional.

Iba a ser la segunda semifinal de la historia de España en los Mundiales. Pero llegó Mariano Rajoy con sus chascarrillos en la prensa amiga y la elevó a conflicto diplomático. Horas previas extrañas porque en lugar de jugadores hablaron ministros del gobierno francés para pedir a su antiguo socio en los populares europeos respeto para la República. Y el partido en el día nacional de Francia. En Dallas, a mediodía, se medían de un lado Mbappé, Olise, Dembélé, Barcolá, y toda la colección de cromos que según el expresidente del Gobierno no son franceses pero que habían metido 16 goles y encajado solo dos en seis partidos. Enfrente, Lamine Yamal, Oyarzabal, Dani Olmo y, sobre todo, Rodri comandando un equipo, mucho más que una sucesión de individualidades… Esto último lo acabó decantando todo.

Los primeros minutos fueron de tanteo. La selección española intentaba mantener el control del balón mientras los franceses esperaban agazapados para soltar las riendas a su caballería. El respeto mutuo limitó los movimientos de cada escuadra. La instrucción en España pasaba por acabar las jugadas y no perder el balón en zonas sensibles del campo para evitar contraataques. El objetivo de Francia era exactamente el contrario, pero los balones largos a Mbappé y Dembélé no acababan de llegar a destino.

De la combinación de pases cortos para intentar dominar el juego, Fabián pasó a intentar dos desplazamientos largos a Cucurella, justo lo que estaban planeando los franceses. El primero se quedó corto. Gracias al segundo, consiguió centrar el nuevo lateral del Madrid desde la banda izquierda, el balón cruzó toda el área y en la otra zona estaba dispuesto para despejarlo Digne en dos toques. Con el primero, el lateral izquierdo francés controló, pero no vio llegar a Lamine, que tocó el balón antes de que el defensa patease por segunda vez. En lugar de hacerlo, arrolló al delantero español. Penalti. Minuto 20 de una primera parte en la que no había pasado casi nada.

El especialista Oyarzabal, pichichi de este equipo, lanzó desde los 11 metros. Con la zurda, a media altura y a su derecha. Uno a cero, y a la pausa de recaudación de la FIFA. A la vuelta de ese minidescanso de tres minutos de anuncios, más problemas para Francia: Saliba, uno de los centrales más solventes del planeta fútbol se fue al suelo. Con gestos de preocupación, en el corro que lo rodeaba, sus compañeros pidieron el cambio a su entrenador. Fin del Mundial para él.

Con el marcador a favor, España intentó dar un paso adelante y hacerse con el balón, sin llegar a conseguirlo del todo. Pero sí logró sujetar a Francia y a su colección de estrellas incapaces de amenazar a Unai Simón. Olise, un crack mundial en ciernes, de repente se veía extrañísimo en la mediapunta donde había estado flotando durante todo el campeonato del Mundo. En los seis primeros partidos más que jugar al fútbol había danzado por el césped, pero en Dallas este martes se vio asediado por la presión de un mediocampo hiperpoblado a su alrededor. Otra vez, el individuo frente al grupo. O viceversa. Enjaulado por Fabián, Rodri, Olmo, Baena y Cucurella, Olise optó por irse a la banda derecha, su posición más natural, para que el centro lo ocupase Dembélé. No cambió el panorama con ese otro aspirante a Balón de Oro. Un saque directo de Unai Simón, 70 metros de patadón hacia Baena, estuvo a punto de dejar al extremo solo frente al portero. El susto a Francia se lo alivió el árbitro que pitó fuera de juego.

El siguiente ataque nació de la presión muy alta del equipo español. El portero galo despejó mal y Baena, Rodri, Olmo y Lamine jugaron todos a un toque para que Oyarzabal rematase. El balón acabó en córner. La jugada sería un presagio de lo que vendría después.

Francia siguió buscando a sus individualidades que no acababan de aparecer. Barcola, Mbappé, Dembélé, cada uno por su cuenta, con Olise cada vez más fuera del partido. La única vez que logró irse por banda recibió una falta de Cucurella. Tarjeta amarilla.

Por esa misma banda llegó el mayor peligro francés, un centro de Koundé que por centímetros no llegó a la cabeza de Mbappé. Así que con 1 a 0 se llegó al descanso.

Se quedó Rabiot en la caseta francesa, uno de los dos mediocentros galos condicionado por la tarjeta amarilla que recibió en la primera mitad. A partir de ahí Rodri puso a su nombre una parcela: la que ocupa todo el centro del campo. Junto a Dani Olmo se hicieron con el control del juego, mientras Olise trataba en vano de encontrar su sitio. Las pocas veces que el balón llegaba al área, Cubarsí, Laporte, Porro y Cucurella ganaban todos los duelos a esa excelsa delantera. En dos ocasiones contadas hubo de salir Unai Simón.

Deschamps buscó soluciones en el banquillo. A falta de ideas para equilibrar al equipo y facilitar la construcción del juego, introdujo en el campo a otro solista: Doué, el delantero virtuoso que había desatascado el duelo contra la ultradefensiva Paraguay provocando un penalti con sus regates imposibles nada más ingresar en el campo.

La selección española respondió como un coro. Salió tocando el balón desde la banda izquierda en una jugada que inició Cucurella en su área y que acabó Porro en la contraria por la derecha. Para recorrer ese trayecto, todo el terreno de juego, la selección superó con pases cortos y controles orientados la presión francesa en todas las líneas. Durante un minuto largo, tocaron el balón nueve jugadores (todos menos Cubarsí y Oyarzabal) en todas las zonas del campo. Mención especial para la conducción de Olmo por el medio. Rodri puso un centro al área que despejó la defensa, el balón le cayó a él mismo, que lo cedió a Fabián y éste, al lateral que había estado en el inicio de la jugada. Porro tenía a Oyarzabal en corto pero vio a Olmo que había fijado a su central en la frontal del área. El centrocampista del Barça le devolvió el balón de primeras para que Porro encarase solo al portero y marcase el dos a cero. Ahí, el día de fiesta nacional pasó a ser español.

En 57 minutos Francia había recibido los mismos goles que en todo el campeonato y apenas había generado peligro. El equipo galo se descolocó del todo y a partir de entonces ya solo lo intentó a través de una sucesión de monólogos: Mbappé generó la ocasión más clara pero su disparo raso desde fuera del área lo desvió Cucurella a córner. Luego lo buscaron sin éxito Doué, de vaselina, tras una salida en falso de Unai Simón que acabó enmendando el propio portero. Y también Dembélé. Hasta Cherki, cuando Olise se fue al banco completamente desubicado.

Unai Simón tuvo que intervenir en un par de ocasiones más y a Lamine, mucho más intermitente que otros partidos pero igualmente decisivo con la jugada del penalti, le anularon el tercer gol por esa foto finish que también ha importado el nuevo fútbol para medir los fuera de juego.

Se fueron Oyarzabal, Fabián y Baena y el equipo siguió igual con Ferran Torres, Pedri y Merino. Mejor colocado en el campo pero sobre todo más solidario en la presión y en las ayudas. La orquesta se impuso a los solistas. Ese esfuerzo común es que ha propiciado que en siete partidos solo haya encajado un gol. Mariano Rajoy se equivocó: claro que todas esas superestrellas son franceses, naciesen donde naciesen, pero España es más equipo y por eso pasa a la segunda final de su historia. El domingo esperará a la Argentina de Messi o a Inglaterra, dos equipos que vuelven a medirse este miércoles, 40 años después de la guerra de las Malvinas y de aquella “mano de Dios” en el estadio Azteca.

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